La idealización, el deseo y esa parte de nosotros que ponemos en manos del otro.
Por Pedro Bullón · agosto de 2026 · 13 min de lectura
Hay algo en el caso de Víctor Caballero, conocido como Curwen, que resulta mucho más interesante que la simple pregunta de si Carla Campos le fue infiel o no. Las redes ya hicieron lo que mejor saben hacer: encontrar al culpable, elegir al ganador, fabricar al perdedor y convertir una relación de pareja en un espectáculo.
Pero detrás de todo eso hay algo mucho más humano. ¿Qué ocurre cuando una persona parece haber puesto una enorme cantidad de ilusión, afecto y expectativas en una relación y, de pronto, descubre que la realidad no coincide con aquello que estaba viviendo?
Ahí comienza una mirada mucho más interesante, porque una infidelidad no solamente puede romper una relación. También puede romper una historia que alguien llevaba tiempo construyendo en su cabeza. Y eso puede doler incluso más.
Cuando alguien ocupa demasiado lugar en nuestra vida
Curwen había mostrado públicamente una importante entrega hacia su relación con Carla. Había hecho pública su pedida de matrimonio, había hablado de proyectos compartidos y había mostrado una relación cargada de ilusión.
Eso no significa necesariamente dependencia emocional ni baja autoestima. A veces un hombre está enamorado porque simplemente está enamorado, quiere casarse porque quiere casarse, se entrega porque quiere entregarse y no hay que convertir automáticamente toda intensidad afectiva en un síntoma.
Pero existe algo que sí vale la pena observar y es cuando alguien ocupa una parte muy importante de nuestra vida, inevitablemente también empieza a ocupar un espacio importante en nuestra imaginación.
Esto significa que ya no está solamente la persona real. Está lo que creemos que esa persona es. Lo que esperamos de ella. Lo que imaginamos que será nuestra vida juntos. La familia que proyectamos. Los años que creemos que vienen. La historia que nos contamos. Y allí aparece la idealización.
Todos amamos también una imagen
CCuando nos enamoramos nunca conocemos completamente al otro. Conocemos fragmentos: una manera de hablar, una forma de mirarnos, algunas virtudes, algunos defectos, algunas historias. Y con todo eso construimos una imagen. Después comenzamos a rellenar los espacios que no conocemos con expectativas, deseos y fantasías. Sin darnos cuenta, la persona real comienza a convivir con la persona que hemos construido en nuestra cabeza.
Eso ocurre prácticamente en todas las relaciones. El problema aparece cuando ambas empiezan a separarse demasiado. Porque entonces una traición no solamente produce el dolor de pensar “me hiciste daño”. También puede producir una pregunta mucho más difícil: “¿Quién eras tú mientras yo pensaba que eras otra persona?”.
Y después aparece otra pregunta todavía más cruel: “¿Cómo no me di cuenta?”.
La necesidad de encontrar una explicación
Después de una infidelidad, muchas personas empiezan a revisar el pasado como si estuvieran intentando reconstruir una escena del crimen. Aquella fiesta, aquel mensaje, aquel amigo, aquella noche o aquella conversación comienzan a adquirir un significado diferente, y de pronto todo parece encajar. “Ahí estaba la señal”, “esto ya lo había hecho”, “yo debí darme cuenta”. La mente intenta regresar al pasado para encontrar un punto concreto que permita explicar el presente y, de alguna manera, recuperar la sensación de control que se perdió.
Pero las relaciones no funcionan como una investigación policial. No siempre existe una pista que permita explicar todo y, muchas veces, simplemente descubrimos algo que antes no sabíamos. Esto es particularmente doloroso cuando la imagen que teníamos del otro era muy sólida, porque aceptar ciertos hechos no significa solamente reconocer que ocurrió algo desagradable; significa comenzar a despedirse de una idea que hasta ese momento organizaba nuestra vida.
Curwen inicialmente intentó interpretar las imágenes de otra manera y posteriormente reconoció públicamente que se había equivocado y que las imágenes eran claras. Más allá de la discusión sobre el video, hay algo profundamente humano en esa reacción: cuando una realidad contradice una imagen que necesitamos conservar, puede costar aceptar la realidad. No necesariamente porque seamos ingenuos, sino porque aceptar ciertos hechos implica perder algo más que una ilusión; implica comenzar a despedirse de una historia que todavía queremos que continúe.
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Hacer el test→El amor no convierte al otro en propiedad
Aquí aparece una de las contradicciones más difíciles del amor. Queremos que el otro nos elija, queremos sentirnos especiales, queremos confiar y queremos seguridad; sin embargo, el otro continúa siendo otro. No podemos entrar en su cabeza ni controlar completamente lo que siente y tampoco podemos garantizar que mañana seguirá sintiendo exactamente lo mismo.
Podemos hacer promesas, casarnos, tener hijos, compartir una casa, tatuarnos nombres y construir una vida entera, pero nada de eso convierte al otro en propiedad. Y quizá esta sea una de las cosas más difíciles de aceptar cuando realmente amamos: el amor necesita libertad para tener algún sentido. Si alguien está obligado a querernos, ya no estamos hablando exactamente de amor, sino de algo mucho más cercano a la posesión.
¿Entonces qué significa ser fiel?
Aquí también conviene separar las cosas. Una persona comprometida puede salir a una discoteca, bailar, tener amigos, beber y divertirse; incluso puede haber tenido una vida sexual muy libre antes de una relación. Nada de eso determina por sí mismo si será fiel o infiel, porque la fidelidad no puede medirse por la ropa, por la cantidad de fiestas a las que alguien asiste o por la manera en que decide vivir su sexualidad.
La cuestión está en otro lugar: una pareja establece determinados acuerdos. Algunas parejas acuerdan exclusividad absoluta y otras establecen límites diferentes, pero lo importante es que exista un pacto y que quienes participan en él sepan cuáles son sus límites. Por eso la pregunta no debería ser “¿qué hacía una mujer comprometida en una discoteca?”, sino “¿qué ocurrió con el acuerdo que existía entre esas dos personas?”. Esa diferencia cambia completamente la discusión, porque la libertad no desaparece dentro de una relación, pero la responsabilidad tampoco.
La sexualidad no es el problema
Durante mucho tiempo se intentó controlar la sexualidad mediante la culpa, la religión, la moral y las normas sociales, y era necesario cuestionar muchas de esas formas de control. Sin embargo, existe otro extremo igualmente problemático: pensar que ser libre significa que cualquier deseo debe convertirse inmediatamente en una conducta.
Podemos desear algo y no hacerlo; podemos sentir atracción por alguien y decidir no cruzar determinado límite, del mismo modo que podemos sentir curiosidad y conservar un compromiso. La madurez no consiste en dejar de desear, sino también en poder decidir qué hacemos con aquello que deseamos. Y esto vale exactamente igual para hombres y mujeres: tener deseos no elimina la responsabilidad sobre nuestras decisiones.
El tercero y el espectáculo
Después aparece Grimaldo, pero aquí hay algo que resulta más interesante que intentar convertirlo en protagonista moral de la historia. Lo que tenemos es a un hombre cuyo nombre aparece de pronto vinculado a una escena privada, una escena que se convierte en contenido y cuyo nombre empieza a circular por todas partes.
Cuando algo se vuelve viral, deja de pertenecer únicamente a quienes lo vivieron, porque ahora también pertenece a la audiencia. La gente comenta, juzga, se burla, elige bandos y busca información sobre los protagonistas; así, una situación que originalmente pertenecía a la intimidad de unas personas termina transformándose en un espectáculo colectivo.
Y entonces aparece algo propio de nuestra época: la intimidad se convierte en espectáculo. El escándalo genera atención, la atención genera visibilidad y la visibilidad puede convertirse en seguidores, oportunidades y hasta dinero. Ya no solamente consumimos productos; también consumimos vidas ajenas. Consumimos rupturas, lágrimas, infidelidades, discusiones y humillaciones. En una cultura donde casi todo puede convertirse en contenido, incluso aquello que alguna vez fue profundamente privado puede terminar funcionando como entretenimiento.
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Ver más→El “cachudo” necesita espectadores
Quizá uno de los elementos más crueles de todo esto sea el término “cachudo”. Una infidelidad puede ser una experiencia dolorosa entre dos personas, pero cuando se vuelve pública aparece algo adicional: la mirada de los demás. El hombre engañado ya no solamente tiene que enfrentar lo que ocurrió, sino también el hecho de que miles de personas saben que ocurrió y, en muchos casos, esperan verlo reaccionar.
Ahí aparece la humillación. En nuestra cultura existe, además, una idea bastante absurda según la cual el hombre engañado “perdió”. ¿Perdió qué? ¿Una competencia? ¿Una batalla? ¿Su hombría? ¿Acaso la pareja es un trofeo que otro hombre puede ganar o quitar?
Esta lógica convierte el deseo en una competencia masculina: uno gana, otro pierde y la mujer termina convertida en el premio que supuestamente determina quién es más hombre. Es una forma bastante pobre de entender las relaciones, porque transforma a tres personas en personajes de una competencia que realmente no existe.
“Ser cachudo no es un delito”
Por eso la frase de Curwen tiene más importancia de la que parece: “Ser cachudo no es un delito.” Puede parecer simplemente una respuesta frente a las burlas, pero también puede leerse como un intento de recuperar algo que la exposición pública intenta quitarle: su dignidad.
Ser engañado no convierte a un hombre en menos hombre, no demuestra que sea inferior y tampoco significa que el otro sea “mejor”. Mucho menos significa que haya perdido una competencia. Significa, sencillamente, que alguien con quien tenía un acuerdo hizo algo que rompió ese acuerdo. Eso puede doler muchísimo, pero no debería convertirse en una sentencia sobre el valor de una persona.
“Mi único delito fue amar”
Hay otra frase de Curwen que resulta todavía más interesante: la idea de que su único delito había sido amar y entregarse. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué tenemos que defendernos de haber amado?
Vivimos en una cultura donde mostrar vulnerabilidad puede convertirse rápidamente en motivo de burla. Si un hombre demuestra demasiado amor, aparecen comentarios como “se arrastró”, “está simp”, “lo tenían agarrado” o “se regaló”, como si amar mucho fuera automáticamente una forma de humillación. Sin embargo, tampoco hay que caer en el extremo contrario. Amar no significa desaparecer dentro del otro, entregarse no significa dejar de existir y querer construir una vida con alguien no significa convertirlo en el centro absoluto de nuestra identidad.
La cuestión, entonces, no es cuánto amamos, sino qué lugar ocupa ese amor dentro de nuestra vida.
El peligro no es amar mucho
Tal vez hemos entendido mal el problema. El problema no es amar mucho; puede aparecer cuando dejamos de distinguir entre amar a alguien y necesitar que ese alguien sostenga toda nuestra vida. No sabemos si eso ocurría en Curwen, y tampoco necesitamos saberlo para hacernos la pregunta, porque todos podemos caer alguna vez en algo parecido.
Podemos convertir una relación en nuestro proyecto completo y empezar a pensar: “Cuando tenga pareja seré feliz”, “cuando me ame esta persona todo tendrá sentido” o “cuando nos casemos mi vida estará completa”. Poco a poco, dejamos de tener una relación y empezamos a tener una misión. Y cuando esa misión se rompe, parece que se hubiera roto toda nuestra existencia.
Nadie debería ser nuestro premio
Hay algo especialmente peligroso cuando empezamos a sentir que nuestra pareja es un premio. “Conseguí a alguien espectacular”, “una mujer así me eligió”, “después de todo lo que viví, finalmente encontré a la persona correcta”. Es comprensible sentirnos afortunados cuando encontramos a alguien que amamos; el problema aparece cuando esa elección comienza a funcionar como una confirmación de nuestro propio valor.
La pregunta, entonces, puede ser mucho más incómoda: ¿amo a esta persona o también amo lo que significa para mí haber sido elegido por ella? A veces son ambas cosas y reconocerlo no destruye el amor; por el contrario, puede volverlo más consciente, porque nos obliga a distinguir entre el valor del otro y el valor que nosotros mismos necesitamos reconocer en nuestra propia vida.
Lo más doloroso de una traición
Quizá una infidelidad no destruya únicamente una relación. Destruye una certeza: la certeza de que sabíamos quién era el otro, la certeza de que entendíamos la relación y la certeza de que el futuro que imaginábamos era posible.
Por eso, después de una traición, muchas personas no solamente extrañan a su pareja. Extrañan la vida que habían imaginado, los planes, los lugares, las conversaciones, la familia que pensaban construir y la versión de sí mismos que existía dentro de aquella historia. También hay que hacer un duelo por eso, porque no solamente estamos perdiendo a una persona; en ocasiones estamos perdiendo un futuro que todavía no había ocurrido, pero que ya existía dentro de nosotros.
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Reservar→El problema de convertir personas en personajes
Y quizá aquí las redes sociales hacen algo todavía más peligroso: convierten personas en personajes. Curwen se convierte en “el cachudo”, Carla se convierte en “la infiel” y Grimaldo se convierte en “el tercero”. Y listo: tres personas reducidas a tres papeles.
Sin embargo, las personas reales son mucho más complicadas que los personajes que internet necesita para entretenerse. No conocemos todas las conversaciones, todas las contradicciones, todos los acuerdos ni todo lo que cada uno sentía y, probablemente, nunca lo sabremos. Pero tampoco necesitamos saberlo todo para pensar sobre lo que ocurre.
Porque quizá la pregunta no sea quién ganó
Las redes quieren saber quién ganó, quién perdió, quién quedó como idiota, quién consiguió a quién, quién tiene más belleza, quién tiene más dinero, quién fue más deseado y quién fue más “vivo”. Pero convertir el amor en una competencia es precisamente una de las formas más pobres de entenderlo.
Si alguien abandona una relación por otra persona, no necesariamente significa que esa otra persona sea “mejor”. El deseo no funciona como un ranking y no existe una tabla de posiciones donde el más guapo, el más rico o el más interesante obtiene el primer lugar. Las personas desean por razones que ni siquiera ellas comprenden completamente, y eso resulta bastante incómodo porque significa que no podemos controlar el deseo del otro mediante mérito.
Quizá el verdadero problema sea otro
No sabemos exactamente qué ocurrió dentro de Carla, qué significó para ella aquella escena, qué relación existía previamente con Grimaldo o qué ocurrirá después. Tampoco podemos saber completamente qué ocurrió en la intimidad de una relación que, durante mucho tiempo, fue expuesta públicamente.
Pero sí podemos observar algo: había una relación cargada de ilusión, había un proyecto de futuro y había una persona que parecía profundamente entregada a ese proyecto. De pronto apareció una escena que puso todo eso en cuestión.
Y eso basta para hacernos una pregunta mucho más importante que quién es el villano: ¿qué ocurre cuando la persona que amamos deja de coincidir con la persona que habíamos construido en nuestra imaginación?
Quizá ahí comienza una de las experiencias más difíciles de cualquier relación, porque amar significa aceptar que el otro nunca estará completamente bajo nuestro control. Podemos pedirle fidelidad, construir acuerdos, confiar y hacer proyectos, pero nunca podemos poseer completamente su deseo. Y eso es precisamente lo que hace que el amor sea amor y no propiedad.
Tal vez la verdadera madurez afectiva no consista en encontrar a alguien que jamás pueda herirnos, porque eso es imposible. Tal vez consista en poder amar sin convertir al otro en nuestra propiedad, confiar sin necesitar controlar y compartir nuestra vida sin desaparecer dentro de la vida del otro.
Porque cuando una relación termina o una traición rompe aquello que creíamos seguro, el trabajo más difícil no siempre consiste solamente en dejar ir a la otra persona. A veces consiste en recuperar aquello de nosotros mismos que habíamos puesto completamente en sus manos.