Hace poco, un caso trágico sacudió al país: una joven deportista perdió la vida y el principal implicado sería un joven vinculado familiarmente a una periodista conocida por exigir justicia con firmeza frente a la corrupción, la impunidad y la injusticia en el país. Más allá de lo que determinen los tribunales, lo que generó debate fue algo profundamente humano: cómo cambia el discurso cuando el hecho deja de ser lejano y se vuelve íntimo.
Cuando el señalado es otro, solemos tener una postura clara. “Que se haga justicia”, “que no haya privilegios”, “que pague lo que tenga que pagar”. Desde esa distancia, la moral parece firme, casi inquebrantable. Pero cuando el involucrado es alguien cercano, el tono suele transformarse. Aparecen explicaciones, se pide prudencia, se cuestiona el proceso, se intenta justificar o hasta minimizar los hechos. Lo que antes se veía de forma contundente ahora tiene una mirada matizada.
Es que muchas veces el afecto modifica la percepción. Cuando hay vínculo, la mente tiende a buscar contexto, circunstancias, versiones alternativas. No vemos el hecho con la misma frialdad con la que lo analizábamos cuando el implicado era un desconocido.
Y esto no ocurre solo en casos mediáticos. Pasa en lo cotidiano. Criticamos a quien se “cuela” en una fila, pero si es nuestro amigo el que entra primero, decimos que “solo fue un momento”. Señalamos al conductor imprudente, pero cuando quien excede la velocidad es alguien cercano, pensamos que “seguro tenía una razón”. Condenamos el abuso de poder, pero si un familiar consigue un favor usando contactos, lo llamamos ayuda.
Esto se convierte en una forma de proteger el vínculo y, al mismo tiempo, proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos. Porque aceptar que alguien cercano pudo cometer un acto grave no solo duele por la pérdida o el daño; también golpea nuestra identidad.
El punto no es juzgar a una persona en particular. El punto es observar una tendencia que nos atraviesa como sociedad. Nos gusta creer que nuestros valores son firmes, pero muchas veces su firmeza depende de que no nos comprometan emocionalmente.
La coherencia es sencilla cuando no duele. Se vuelve compleja cuando toca lo propio. Y quizás lo más incómodo no es ver esa contradicción en otros, sino reconocer que todos estamos expuestos a ella.
Porque la moral, cuando no tiene costo emocional, es fácil de sostener. Desde la distancia, los principios parecen absolutos. Pero cuando la situación nos involucra, cuando hay un rostro conocido, una historia compartida, algo familiar detrás del hecho, la ética deja de ser teoría y se convierte en conflicto interno.
Ahí aparece algo profundamente humano: la tensión entre lo que creemos correcto y lo que queremos proteger. No siempre elegimos desde la razón. Muchas veces elegimos desde el miedo a perder, desde la lealtad, desde el afecto. Y en ese movimiento, el discurso puede cambiar sin que siquiera lo notemos.
Esto no significa que todos actuaríamos igual. Pero sí implica aceptar que nadie está completamente libre de esa inclinación. Nuestra mente busca coherencia, pero también busca aliviar el dolor. Y cuando ambas cosas chocan, solemos ajustar la narrativa antes que romper el vínculo.
Tal vez la verdadera reflexión no esté en señalar la contradicción ajena, sino en preguntarnos con honestidad cuánto de nuestra firmeza depende de la comodidad. Cuánto de nuestra indignación es sólida mientras no nos afecta directamente. Y cuánto cambiaría nuestra postura si el implicado llevara nuestro apellido.
No se trata de relativizar la justicia ni de suavizar la gravedad de los hechos. Se trata de entender que la coherencia ética no se demuestra solo de manera pública, sino en la capacidad de sostener los mismos principios cuando la situación nos toca.













